Un anciano, una montaña (Capítulo I)
Descansando en el valle inmenso, el valle sin fin, aparece una montaña.
Casi no hay nubes, la cima sobresale sin sobresalir, por encima de las nubes, porque no parecen éstas sino un tenue collar semiborroso.
El valle no acaba nunca, quizá dando la vuelta al planeta, y llegando al punto de encuentro, que quizá sea esta misma montaña, o a saber cuál.
Está lleno de campos, de gentes, de ciudades, de edificios, mares, zonas revueltas, zonas ordenadas, una maraña de cosas lo pueblan, colores grises y marrones, uno podría pasearse con las manos detŕas mirando, aprendiendo, curioseando. Parece más lleno de cosas que de bullicio, una apariencia de insensibilidad, más que de languidez o nostalgia. Todo parece inmóvil.
La gente es un elemento más. Insignificante, invisible, quizá su importancia provenga de la poca influencia más que tiene sobre el valle, que los animales, aunque hace años, digo siglos, que su intervención es determinante, poderosa quizá, destructiva, en última instancia, si deviene en hecatombe, nada cambiará, quizá una aniquilación de ellos mismos, quizá no; el planeta seguirá ahí. La gente no es importante. La misma insignificancia de su presencia ahora en la imagen de la realidad que se muestra lo confirma. En realidad, ahora mismo parece todo muerto. Quizá si sólo hubiera campo y flores, valles y ríos, habría otro sentir, otra vida, Está ahí siempre, ajeno. O quizá no, puede que fuera algo apetecible, atrayente; tal vez sean éstas palabras que llevan a la destrucción.
Arriba del todo, en la montaña, hay un hombre, sentado. Es viejo, no sé muy bien qué hace ahí, cuánta vida le quedará, o si será inmortal, si vivió mucho, qué hizo en la vida, si influyó en ella, por qué está ahí, creo que no existe ni siquiera esa pregunta, por qué está ahí.
Está mirando al valle, y pensando, o no piensa, quizá sea casi autista en su actitud, no mira curioso ni indiferente, simplemente mira, no sé si su pensamiento tendrá sentido u objetivo, creo que está pensando, pero no dejo de dudarlo, podría imaginar que en su mano lleva una cachimba, justo antes de introducirla en la boca, por el gesto pensativo y ausente que tiene, sólo para describir su cara, aunque sin tanta expresividad. Está parado, ausente, quizá espera algo, o no espera nada. No puedo definir su actitud, ni su pasado, ni qué quiere, ni qué hará, tampoco sé por qué mira de esa forma. A veces me parece con la actitud de una estatua, mira y sigue indiferente,
Diría que va vestido de blanco, con una especie de túnica, rubio, pelo casi largo y barba, mas no sé por qué le veo así, mis sentidos podrían engañarme, y ocultarme a una mujer, o a un ser intangible, o simplemente a una idea, no responde a ningún estereotipo, creo que es así porque no es nada más, su apariencia es su esencia, su interior es su exterior, sólo piensa y mira, sólo calla y permanece.
En tiempos pasados el anciano tenía un machete, ahora no lo tiene, no sé si era real, o era imaginario, no sé si antes él era joven, o qué era, cuando se internaba en el valle, él miraba y rasgaba cosas, con su herramienta, nada cambiaba, nadie notaba, sólo abría la realidad, veía cosas, cortaba sin miramientos, en buena dirección, encontraba otras, tal y como son, sin poder ocutarse a su machete, a veces hacía incisiones demasiado profundas, o dejaba a un lado las cosas que debían estar en el otro, pero siempre veía la realidad, la esencia, lo que había que ver, al descubierto.
Las cosas del valle no eran perfectas, tampoco eran de otra forma, simplemente eran así,
No es nadie, quién es, no puedo saberlo, necesito pensar en él, qué mira, qué ha visto, que parece cegado..
